DERECHO

DERECHO
LA BALANZA DE LA JUSTICIA

jueves, 26 de mayo de 2011

Utopía







Utopía

Representación utópica de Robert Owen (1838).

El concepto utopía designa la proyección

humana de un mundo idealizado que se

presenta como alternativo al mundo

realmente existente, ejerciendo así una

crítica sobre éste. El término fue concebido

por Tomás Moro en su obra Dē Optimo

Rēpūblicae Statu dēque Nova Insula Ūtopia,

donde Utopía es el nombre dado a una

comunidad ficticia cuya organización

política, económica y cultural contrasta en

numerosos aspectos con las sociedades

humanas contemporáneas a Tomás Moro.

Sin embargo, aunque el término fue creado

por él, el concepto subyacente es anterior. En la misma obra de Moro puede observarse una fuerte influencia e

incluso directa referencia a La República, de Platón,[1] obra que presenta asimismo la descripción de una sociedad

idealizada. En el mismo sentido, las narraciones extraordinarias de Américo Vespucio sobre la recién avistada isla de

Fernando de Noronha, en 1503[2] y el espacio abierto por el descubrimiento de un Nuevo Mundo a la imaginación,

son factores que estimularon el desarrollo de la utopía de Moro.

Además de La República, otras construcciones utópicas anteriores a la de Tomás Moro son por ejemplo el jardín de

Gilgamesh, la isla de la Historia Sagrada de Evémero y los mitos de Hesíodo.

El origen etimológico de Utopía no fue explicado por Moro, siendo que estudiosos de su obra destacan un posible

juego de significados, ambos del griego. Por un lado οὐτοπία (οὐ, no; τόπος, lugar) y por el otro εὐτοπία (εὐ, buen;

τόπος, lugar).

En oposición al concepto de utopía, existe el término distopía.

Las utopías sociales

Íntimamente relacionadas con el deseo de dar un sentido a la vida y alcanzar la felicidad, se encuentran la necesidad

y la búsqueda de un mundo mejor, más solidario y más justo. Existe una estrecha relación entre la justicia y las

utopías. Ya Platón puso de manifiesto que un mundo ideal en el que todos sus miembros viviesen felices y

satisfechos sólo era posible si ese mundo era un mundo justo, pues un Estado es ideal (constituye una utopía) si en él

reina la justicia.

Concepto de utopía

El anhelo de mundos ideales y perfectos es tan antiguo como el ser humano. Sin embargo, la invención y descripción

de sociedades que lo sean no recibe el nombre de utopía hasta el siglo XVI. Por ello, no es paradójico afirmar que

existen utopías desde siempre, incluso antes de que se acuñase este nombre para referirse a ellas. El término utopía

se debe a Tomás Moro, quien título así una de las obras más importantes de este género. Literalmente significa “no

lugar” y, por tanto, designa una localización inexistente o imposible de encontrar. Moro bautizó con este término una

isla perdida en medio del océano cuyos habitantes habían logrado el Estado perfecto: un Estado caracterizado por la

convivencia pacífica, el bienestar físico y moral de sus habitantes, y el disfrute común de los bienes. Sin embargo,

Moro dio a esta isla idílica el nombre de Utopía (“en ningún lugar”), por lo que muchos pensadores han querido ver

en esto el deseo de dejar claro que, por muy deseable que fuese un Estado de este tipo, Utopía es un sueño

imaginario e irrealizable. Desde entonces suele considerarse utópico lo que, además de perfecto y modélico, es

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imposible de encontrar o construir. En general, podemos definir una utopía como un Estado imaginario que reúne

todas las perfecciones y que hace posible una existencia feliz porque en él reinan la paz y la justicia.

En las utopías hay un importante componente ideal, surgen de los defectos de la sociedad y se basan en las

posibilidades de cambio y transformación que ésta tiene en cada momento. Las utopías hunden las raíces en la

realidad más auténtica y concreta, aunque sea para criticarlas e intentar transformarla.

Funciones de las utopías

A pesar de este carácter novelado o ficticio de las utopías, a lo largo de la historia del pensamiento se les han

atribuido funciones que van más allá del simple entretenimiento.

• Función orientadora. Las utopías consiste, básicamente, en la descripción de una sociedad imaginaria y perfecta.

Y, aunque para muchos pensadores la realización completa de este sistema sea imposible, algunos de los

procedimientos que se describen pueden aplicarse a posibles reformas y orientar la tarea organizadora de los

políticos. Aunque la utopía en su conjunto pueda verse como un sueño inalcanzable, a veces, es útil para señalar

la dirección que deben tomar las reformas políticas en un Estado concreto.

• Función valorativa. Aunque las utopías son obras de un autor determinado, a menudo se reflejan en ellas los

sueños e inquietudes de la sociedad en la que el autor vive. Por esta razón, permiten reconocer los valores

fundamentales de una comunidad en un momento concreto y, también, los obstáculos que éstos encuentran a la

hora de materializarse. Por ello, para muchos autores, las utopías no sirven tanto para construir mundos ideales

como para comprender mejor el mundo en el que vivimos.

• Función crítica. Al comparar el Estado ideal con el real, se advierten las limitaciones de este último y las cotas de

justicia y bienestar social que aún le restan por alcanzar. De hecho, la utopía está construida a partir de elementos

del presente, ya sea para evitarlos (desigualdades, injusticias…) o para potenciarlos (adelantos técnicos,

libertades…). Por eso, supone una sutil pero eficaz crítica contra las injusticias y desigualdades evidentes tras la

comparación. Incluso si consideramos que la sociedad utópica es un disparate irrealizable, nos presenta el desafío

de explicar por qué no tenemos al menos sus virtudes.

• Función esperanzadora. Para algunos filósofos, el ser humano es esencialmente un ser utópico. Por un lado, la

necesidad de imaginar mundos mejores es exclusiva de la especie humana y, por otro, esta necesidad se presenta

de forma inevitable. El hecho de ser libres, de poder soñar con lugares mejores que el que nos rodea y de poder

actuar en la dirección de estos deseos está íntimamente conectado con nuestra naturaleza utópica. Ésta es, además,

la que justifica el hálito de esperanza que siempre permanece en nosotros: por muy injusto y desolador que sea

nuestro entorno, siempre hallamos la posibilidad de imaginar y construir uno mejor.

Sociedades utópicas

La república platónica

El primer modelo de sociedad utópica lo debemos a Platón. En uno de sus diálogos más conocidos, La República,

además de la defensa de una determinada concepción de la justicia, hallamos una detallada descripción de como seria

el Estado ideal, es decir, el Estado justo. Platón, profundamente descontento con los sistemas políticos que se habían

sucedido en Atenas, imagina como se organizaría un Estado que tuviese como objetivo el logro de la justicia y el

bien social.

Según Platón, la república o el Estado perfecto estaría formado por tres clases sociales: los gobernantes, los guardias

y los productores. Cada una de estas clases tendría en la república una función, unos derechos y unos deberes muy

claros.

A los gobernantes les concerniría la dirección del Estado; a los guardias su protección y defensa; a los productores el

abastecimiento de todo lo necesario para la vida: la alimentación, ropa, viviendas... Los individuos pertenecerían a

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una u otra de estas clases, no por nacimiento, sino por capacidad.

Según cual fuese la actitud fundamental de cada uno, (sabiduría (gobernantes), coraje (guardias) o apetencia

(productores)), sería educado para desempeñar eficientemente las funciones de su grupo. Y es que, para Platón, la

buena marcha del Estado depende de que cada clase cumpla efectivamente con su cometido.

En definitiva La República de Platón sería, según él, una sociedad justa porque en ella gobernarían los más sabios

(filósofos) y, además, por que en ella cada uno desempeñaría una actividad conforme a sus aptitudes y, por lo tanto,

todos contribuirían según sus posibilidades al bien común.

La utopía religiosa de san Agustín en el cristianismo

En su obra La ciudad de Dios, San Agustín expresa su interpretación de la utopía siguiendo los preceptos de su

visión religiosa cristiana. Según este pensador del cristianismo, la acción terrena (que simboliza para él todos los

estados históricos) es fruto del pecado, pues habría sido fundada por Caín y en ella sus habitantes serían esclavos de

las pasiones y sólo perseguirían bienes materiales. Esta ciudad, por tanto, no podría según él dejar de ser imperfecta

e injusta. Sin embargo, San Agustín concibe la utopía en una ciudad espiritual. Ésta habría sido según él fundada por

Dios y en ella reinarían el amor, la paz y la justicia. Para san Agustín la utopía tan sólo sería alcanzable en este reino

espiritual, lo que él y el cristianismo definen como el Reino de Cristo.

Las utopías renacentistas

Durante el Renacimiento se produjo un florecimiento espectacular del género utópico. La mayoría de los pensadores

consideraba que la influencia del humanismo era la causa de este fenómeno. El Renacimiento es una época que,

además de caracterizarse por el auge espectacular de las artes y las ciencias, destaca también por los cambios

sociales y económicos. Sin embargo, estas transformaciones no fueron igual de positivas para todos, ya que

ocasionaron enormes desigualdades entre unos miembros y otros de la sociedad.

Muchos de los pensadores de la época, conscientes de estas injusticias, pero también de la capacidad reformadora del

ser humano, reaccionaron frente a la cruda realidad de su tiempo. Esta reacción se plasmó en la reivindicación de una

racionalización de la organización social y económica que eliminase una gran parte de estas injusticias.

De ésta creencia y confianza en que la capacidad racional puede contribuir a mejorar la sociedad y a hacerla más

perfecta, surgen los modelos utópicos renacentistas. El principal y más importante modelo utópico de esta época es,

indiscutiblemente, Utopía de Tomás Moro.

Utopía se divide en dos partes: la primera supone una aguda crítica a la sociedad de la época; la segunda es

propiamente la descripción de esa isla localizada en ningún lugar, en la que sus habitantes han logrado construir una

comunidad justa y feliz. Básicamente, el secreto de la Utopía se debe a una organización política fundada

racionalmente, en la que destaca la abolición de la propiedad privada, considerada la causa de todos los males e

injusticias sociales.

La ausencia de propiedad privada comporta que prevalezca el interés común frente a la ambición y el interés

personal que rige en las sociedades reales. En Utopía, además, impera una estricta organización jerárquica de puestos

y funciones, a los que se accede como en la república platónica, por capacidad y méritos.

Esta estricta organización es, sin embargo, completamente compatible con la total igualdad económica y social de

los utopianos, pues todos disfrutan de los mismos bienes comunes, al margen de su función y su tarea en la

comunidad.

También pertenecen al Renacimiento La ciudad del Sol, del religioso italiano Tommaso Campanella, y La Nueva

Atlántida, de Francis Bacon.

Esta última añade un elemento importante, ausente en las otras dos utopías, como es el aprovechamiento de los

avances científicos y técnicos que empezaban a darse en aquel momento en la mejora de las condiciones de vida de

los seres humanos.

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En los siglos XVII y XVIII se asoció la utopía con la literatura de viajes, en la cual las sociedades civilizadas

proyectaban sus angustias y sus críticas al progreso El origen de la desigualdad entre los hombres (1755) de

Jean-Jacques Rousseau es un ejemplo clásico de esta concepción de la historia como un proceso de decadencia.

El socialismo utópico

Otro de los momentos fecundos en la ideación de sociedades utópicas fue a finales del siglo XVIII y principios del

siglo XIX. Los profundos cambios sociales y económicos producidos por el industrialismo cada vez más

individualista e insolidario abonaron el terreno del descontento y la crítica, así como el deseo de sociedades mejores,

más humanas y justas.

De esta época de injusticias y desigualdades proviene el socialismo utópico. Como representantes de este

movimiento tenemos a pensadores de la talla de Saint Simon, Charles Fourier y Robert Owen. A pesar de las

diferencias que hay entre ellos, tienen en común su interés por mejorar y transformar la precaria situación del

proletariado en ese momento. Para ello, propusieron reformas concretas a hacer de la sociedad un lugar más

solidario, en el que el trabajo no fuera una carga alienante y en el que todos tuviesen las mismas posibilidades de

auto-realizarse.

A diferencia de muchas de las utopías anteriores, la de estos socialistas fue diseñada con el objetivo inmediato de

llevarse a la práctica. Más que relatos fantásticos de mundos perdidos o inalcanzables, constituyeron descripciones

detalladas de comunidades igualitarias que, en ocasiones, fueron copiadas en la realidad. Algunos de estos socialistas

compaginaron la reflexión teórica con labores prácticas y concretas de reforma social. Así, por ejemplo, Fourier

propuso comunidades autosuficientes, a las que llamó falansterios, y Owen llegó a fundar Nueva Armonía, una

pequeña comunidad en la que se abrió el primer jardín de infancia y la primera biblioteca pública de EEUU.

Utopías modernas

Muchos autores como Arnhelm Neusüss han indicado que las utopías modernas son esencialmente diferentes a sus

predecesoras. Otros en cambio, señalan que en rigor las utopías sólo se dan en la modernidad y llaman cronotopías o

protoutopías a las utopías anteriores a la obra de Moro. Desde esta perspectiva, las utopías modernas están

orientadas al futuro, son teleológicas, progresistas y sobre todo son un reclamo frente al orden cósmico entendido

religiosamente, que no explica adecuadamente el mal y la explotación. Así las utopías expresan una rebelión frente a

lo dado en la realidad y propondrían una transformación radical, que en muchos casos pasa por procesos

revolucionarios, como expresó en sus escritos Karl Marx.[3]

Se ha criticado que las utopías tienen un carácter coercitivo. Pero también se suele añadir que las utopías le otorgan

dinamismo a la modernidad, le permiten una ampliación de sus bases democráticas y han sido una especie de sistema

reflexivo de la modernidad por la cual esta ha mejorado constantemente. Por ello no sería posible entender la

modernidad sin su carácter utópico.

Las utopías han tenido derivaciones en el pensamiento político -como por ejemplo en las corrientes socialistas

ligadas al marxismo y el anarquismo-, literario e incluso cinematográfico a través de la ciencia ficción social. La

clasificación más usada, hereda la pretensión del marxismo de estar elaborando un socialismo científico y por tanto

restringe el nombre de socialismo utópico a las formulaciones ideológicas anteriores a éste, aunque todas ellas

comparten su origen en la reacción a la revolución industrial, especialmente a la condición del proletariado, siendo

su vinculación al movimiento obrero más o menos próxima o cerca a ello

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Utopía económica

Las utopías socialistas y comunistas se centraron en la distribución equitativa de los bienes, con frecuencia anulando

completamente la existencia del dinero. Los ciudadanos se desempeñan en las labores que más les agradan y que se

orientan al bien común, permitiéndoles contar con mucho tiempo libre para cultivar las artes y las ciencias.

Experiencias prácticas que han sido plasmadas en Comunidades utópicas en el siglo XIX y XX.

Las utopías capitalistas o de mercado libre se centran en la libre empresa, en una sociedad donde todos los habitantes

tengan acceso a la actividad productiva, y unos cuantos (o incluso ninguno) a un gobierno limitado o mínimo. Allí

los hombres productivos desarrollan su trabajo, su vida social, y demás actividades pacíficas en libertad, apartados

de un Estado intromisorio y expoliador. Se relacionan en especial al ideal del liberalismo libertario.

Utopía ecologista

La utopía ecologista se ha plasmado en el libro Ecotopía, en el cual California y parte de los estados de la costa

Oeste se han secesionado de los Estados Unidos, formando un nuevo estado ecologista.

Utopía política e histórica

Una utopía global de paz mundial es con frecuencia considerada uno de los finales de la historia posiblemente

inevitables.

Utopía religiosa

La visión que tienen tanto el Islam como el cristianismo respecto al paraíso es el de una utopía, en especial en las

manifestaciones populares:la esperanza de una vida libre de pobreza, pecado o de cualquier otro sufrimiento, más

allá de la muerte (aunque la escatología cristiana del "cielo" al menos, es casi equivalente a vivir con el mismo Dios,

en un paraíso que asemeja a la Tierra en el cielo). En un sentido similar, el nirvana del budismo se puede asemejar a

una utopía. Las utopías religiosas, concebidas principalmente como un jardín de las delicias, una existencia libre de

toda preocupación con calles cubiertas de oro, en una gozosa iluminación con poderes casi divinos.

El Cristianismo, por lo menos en su versión católica, ha tenido siempre bien claro que Dios ha prometido un solo

paraíso, y que este paraíso no está situado en la tierra. El corazón de la esperanza cristiana es el anhelo de tierras

nuevas y cielos nuevos, pero que se alcanzarán al final de la historia.[4]

Bibliografía de obras utópicas

• La República, de Platón (370 a. C.)

• Utopía, de Tomás Moro (1516)

• La Ciudad del Sol (Civita Solis), de Tommaso Campanella (1623)

• La Nueva Atlántida (New Atlantis), de Francis Bacon (1627)

• Christianopolis, de Johann Valentin Andrea (1619)

• The Commonwealth, de Gerrard Winstanley (1652)

• Oceana, de James Harrington. (1656)

• The Blazing World, de Margaret Cavendish (1666)

• Isla de Tamoe, del Marqués de Sade (1788)

• Voyage en Icarie, de Ettiene Cabet (1840)

• USA 2000, de Edward Bellamy (1888)

• La Jornada de un Periodista Americano en el 2889, de Julio Verne (1888)

• News from Nowhere, de William Morris (1891)

• Una utopía moderna (A Modern Utopia), de H.G. Wells (1905)

• Shangri-La, de James Hilton (1933)

• Walden Dos, de Burrhus Frederic Skinner (1948)

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• La rebelión de Atlas, de Ayn Rand (1957)

• La isla, de Aldous Huxley (1962)

• La aldea de las viudas, de James Cañón (2007)

Estudios teóricos

• J. C. Davis, Utopía y sociedad ideal

• Manuel, Frank E. (1982). Utopías y pensamiento utópico. Espasa-Calpe. ISBN 978-84-239-6502-1.

• Rino Cammilleri (2007). Los monstruos de la Razón. Homo Legens. ISBN 978-84-935506-3-9.

• John N. Gray (2008). Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía. Ediciones Paidós. ISBN

978-84-493-2158-0.

Crítica de las utopías y de sus proyectos políticos

La confianza en la posibilidad y la necesidad de sociedades perfectas sufre durante el siglo XX un considerable

revés. Por varias razones, muchos pensadores defienden que dedicarse a inventar sociedades utópicas era más

perjudicial que beneficioso. Los motivos de esta consideración pueden variar de un pensador a otro.

• Poseen un carácter fantasioso e ingenuo. Una de las críticas más habituales a la utopía es su distanciamiento

respecto a la cruda realidad. En ellas su autor imagina un mundo perfecto, pero tan irreal que resulta difícil

establecer vínculos entre lo que propone y lo que hallamos efectivamente. Por otra parte, la utopía suele limitarse

a la descripción detallada de ese mundo nuevo pero no proporciona demasiadas pistas acerca del modo en que es

posible transformar la realidad para acceder a ese otro mundo imaginado. Por ello, para muchos pensadores, las

utopías sólo son la expresión de buenos pero inútiles e ingenuos deseos de mejora. (No se va a conseguir el ideal).

• Están históricamente condicionadas. Las críticas contra las utopías pueden ir en otra línea. Para algunos

filósofos, por ejemplo, el mayor inconveniente de las utopías es su incapacidad para trascender las limitaciones de

la época histórica en la que fueron concebidas. Para los que así argumentan, las utopías se alejan de la realidad

mucho menos de lo que pensamos. De hecho, son pocas las que pueden verse como proyectos verdaderamente

imaginativos y originales. En la mayoría de los casos, suelen limitarse a potenciar y desarrollar rasgos que ya

están en la sociedad de ese momento. Por esta razón, con el paso del tiempo, a menudo quedan ridículamente

desfasadas. Así, predicciones que en su momento fueron arriesgadas hoy nos resultan ingenuas y ridículas. Las

utopías de una época están condicionadas por las circunstancias históricas.

• Provocan estatismo social. Si las anteriores razones no eran suficientes, se añade todavía la de que la utopía se

fundamenta en una concepción estática de la sociedad. El cambio sólo está justificado hasta alcanzar la utopía.

Una vez conseguida la sociedad perfecta, justa y feliz, ¿qué sentido tendría que ésta siguiese transformándose?

Ahora bien, ¿es posible y deseable, aunque sea en utopía como organización completamente estática?

• Lindan con el totalitarismo. El filósofo Karl Popper destaca el peligro que encierran las utopías. Aunque su

crítica se centra básicamente en La República de Platón, ésta es extensiva a casi todas las utopías posteriores. Por

muy paradójico que parezca, este mundo feliz y perfecto puede convertirse en el más terrible y totalitario de los

Estados. La creencia y el convencimiento del carácter ideal y perfecto de un sistema llevan irremediablemente a la

intolerancia respecto a cualquier otra propuesta. Considerar esta organización la más beneficiosa produce que

cualquier opinión en contra, cualquier oposición, sea vista como una amenaza para la supervivencia de la utopía

y, en consecuencia, sea apartada del panorama social, para bien de la comunidad.

• Los proyectos políticos utópicos son devastadores. Dando un paso más en lo manifestado por Popper, el

filósofo político John N. Gray señala que los proyectos políticos, tanto de la derecha utópica como de la izquierda

utópica, cuando han podido ser llevados a la práctica han resultado terribles. En el libro Misa negra. La religión

apocalíptica y la muerte de la utopía el autor desarrolla su crítica a la idea de progreso y de progreso social -esa

utopía nefasta y apocalíptica, en palabras de Gray- que tiene su origen en las ideas apocalípticas de los primeros

cristianos, se expresa en el milenarismo de la edad media y, como una verdadera religión, invade de pleno la

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ilustración -época de El Terror de la revolución francesa- trasladándose a los proyectos totalitarios utópicos

seculares de la primera mitad del siglo XX (comunismo, nazismo) y los de finales de siglo XX y principios del

XXI (en los proyectos de la derecha utópica neoconservadora y neoliberal británica y norteamericana (Thatcher,

Tony Blair, George Bush) expresados en las políticas del Fondo Monetario Internacional, como en la guerra

contra el terror y de manera especial en la guerra de Iraq).[5]

Las antiutopías

La vida en la Isla Utopía de Moro o en un falansterio de Fourier se imagina hoy con menos encanto del que sus

autores previeron.

Y es que, cada vez, los pensadores parecen más convencidos de que igualdad y justicia, por un lado, y libertad por

otro, constituyen los dos extremos incompatibles de un mismo eje, por lo que el aumento de uno supone

inevitablemente la disminución de la otra. Así que, para muchos autores, las utopías, sociedades igualitarias y justas,

sólo son realizables aplastando una gran parte de las libertades individuales.

Entre otros, este parece ser el motivo de que, junto a la disminución progresiva de las utopías se dé un aumento del

género contrario: las antiutopías o distopías.

Por antiutopías entendemos la descripción de una sociedad futura en la que se han desarrollado exageradamente

algunos de los rasgos que son sobrevalorados en la civilización actual. Por ello, constituyen un macabro espejo de

aquello en lo que se podría convertir la sociedad sino que se pone fin a algunas de las tendencias que en ella se dan.

A pesar de las diferencias entre utopía y distopía, ambas comparten una función similar: servir de crítica a una

sociedad que se centra exclusivamente en objetivos y valores superficiales, olvidando a menudo otros más

fundamentales.

Modelos de antiutopías

Durante el siglo XX las utopías negativas son, en comparación con las propuestas utópicas tradicionales, bastante

numerosa. Éstas parecen tener como objetivo alterarnos de la posibilidad de que lo que pronostican vaya a cumplirse.

Sus autores confían en que al mostrar el lado más oscuro, la terrible cara de estas sociedades en apariencia perfectas,

se impedirá su cumplimiento. Por ello, describen con todo lujo de detalles la verdadera cara de estos Estados. A

pesar de las diferencias que presentan en cada autor, se asemejan en dos aspectos: el totalitarismo y la

tecnologización.

• Totalitarismo: la antiutopía es en realidad un Estado totalitario y despótico, en el que el interés de la comunidad o

del Todo está por encima del individuo concreto.

• Tecnologización: las antiutopías se presentan como consecuencia del desarrollo científico y tecnológico actual.

Los adelantos y posibilidades que en ellas se describen son exageraciones de algunos avances del presente.

Necesidad de utopía

Algunos de los desastres a los que ha llevado el proceso científico-técnico, junto a la desconfianza de los filósofos

ante las propuestas utópicas tradicionales, han provocado una crisis en la mentalidad y la actitud utópicas. Ahora

bien, ¿ésta crisis de las utopías implica una crisis del deseo y la esperanza de un mundo mejor?, ¿debe el ser humano

desterrar de sí cualquier impulso que le lleve a soñar e imaginar sociedades más humanas y solidarias? No parece

conveniente.

Estas reticencias sólo son válidas frente a un modelo concreto de utopía: utopía entendido como un sistema cerrado

en el que todo está ya prefijado de antemano para garantizar una forma de vida justa e igualitaria, pero en el que

poco espacio queda para las libertades individuales. Sin embargo no es ésta la única forma de entender las utopías.

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Según Argullol Itrías El cansancio de Occidente: Las perspectivas utópicas son convenientes porque entrañan la

necesidad de poner a prueba, y la voluntad de modificar el propio espacio en el que uno se encuentra. Lo peor que

podría ocurrirnos sería aceptar una sociedad y una vida, sin deseo.

La utopía puede concebirse como perspectiva utópica, como cierta manera de enfrentarse críticamente a la realidad,

para no resignarse con lo injusto que hallamos en ella. Esto, además de no ser pernicioso, es necesario para llevar

una vida realmente humana, ya que el ser humano es esencial e inevitablemente un ser inconformista y utópico.

En definitiva, lo que entra en crisis, lo que se cuestiona a lo largo del siglo XX, es la formulación y defensa de

sociedades presuntamente perfectas, pero realmente rígidas y asfixiantes. Y lo que, de ningún modo, ha quedado

desfasado es la confianza y defensa de ideales utópicos concretos.

Ideales utópicos

Si el panorama que ofrecen las utopías negativas tiene alguna consistencia, si realmente los adelantos científicos y

técnicos nos conducen hacia donde algunos autores dicen que conducen, entonces son más necesarios que nunca

ideales que orienten y permitan cambiar ese desesperanzador rumbo.

Pacifismo

La esperanza en el mundo que no viva desolado por las guerras ha sido constante en la historia de la humanidad.

Casi todas las culturas han valorado la convivencia pacífica como un ideal digno de alcanzar. Actualmente, este

deseo es mucho más intenso. La trágica experiencia de las guerras mundiales y la aparición de armas cada vez más

devastadoras (bombas atómicas, minas antipersonas, armas químicas...) han hecho concienciarse del horror de los

conflictos bélicos.

A pesar de que sigue habiendo multitud de guerras, la paz ha sido reconocida por los recientes movimientos

pacifistas como un valor y un derecho. Estos pacifistas se caracterizan por condenar la guerra como forma de

solucionar los conflictos, por defender la desaparición de los ejércitos y por reivindicar el derecho a la objeción de

conciencia.

Ahora bien, aunque todos estemos de acuerdo en que la paz es un valor y un ideal indiscutible, no todos están de

acuerdo en lo que este ideal entraña. Frente al pacifismo radical e ingenuo que condena cualquier forma de oposición

beligerante, algunos filósofos reivindican un pacifismo comprometido que suponga una defensa activa de la paz,

aunque ello signifique, en casos extremos, utilizar las armas. Ante las atrocidades, las injusticias, las violaciones

despiadadas de los derechos humanos más básicos, debemos preguntarnos: ¿es posible defender la paz a ultranza?

¿debe la paz anteponerse a valores como la vida, la libertad y la justicia? ¿significa la paz permanecer impasibles

ante la violencia más injusta e injustificable?

Ecologismo

La relación entre el ser humano y la naturaleza ha sido desde siempre muy especial: desde la admiración al temor,

pasando por el amor y el respeto. Sin embargo, a partir de la modernidad esta relación se ve profundamente alterada.

Con el desarrollo técnico e industrial, el interés explotador sustituye a la admiración y el respeto. Entonces empieza

una relación de opresión y dominación que hace peligrar no sólo a la misma naturaleza, sino a todos los seres vivos

que perviven gracias a ella. En ese trágico momento, la protección y la reivindicación de un espacio natural

inalterado y salubre se convierte en un ideal, en un valor, en un derecho que hay que reivindicar. Es entonces cuando

nacen los movimientos ecologistas, desconocidos y ausentes antes del siglo XX.

El ecologismo, además de promover la conservación del entorno natural, empieza a plantear y reivindicar el respeto

a los derechos de los animales y de todos los seres vivos en general (no sólo los humanos), así como concienciar de

la responsabilidad que cada generación tiene con las generaciones futuras. Responsabilidad que debe concretarse en

el compromiso por legar un entorno sano, rico y diverso.

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Solidaridad

La actualidad se caracteriza también por una creciente actitud cosmopolita y solidaria. El desarrollo de los medios de

comunicación y el sabernos más cerca que nunca del resto de habitantes del planeta han hecho que se extienda un

sentimiento de fraternidad humana. Gracias a este sentimiento, el ser humano de cualquier lugar se siente ciudadano

del mundo y, por tanto, ligado al destino de cualquier otro ser humano, sea cual sea su cultura, religión, raza o lugar

de origen.

Esto ha contribuido enormemente a una creciente actitud de solidaridad, que se ha materializado en la formación de

asociaciones y organizaciones que luchan para que este ideal se haga efectivo y real. La forma de conseguirlo es

convertir la solidaridad en un compromiso de lucha firme contra el hambre, la pobreza, las epidemias... que asolan a

gran parte del género humano.

Muy ligada a las reivindicaciones anteriores está la defensa de un ideal igualitario que alcance a todos los habitantes

del planeta. Este ideal se asienta en la convicción de que todo ser humano, sean cuales sean sus peculiaridades

personales, ha de gozar de las condiciones que le permitan llevar una vida rica y digna. Esto significa, en definitiva,

la defensa de una justa distribución de las riquezas y una efectiva y real igualdad de oportunidades. Por otra parte,

para que esta reivindicación no se quede en pura formalidad debe concretarse en la lucha por los derechos de

aquellos que históricamente han sufrido peores condiciones o un trato discriminatorio.

En definitiva, debe promover la lucha por los derechos de los niños, de las mujeres, de los ancianos, de las razas

minoritarias y de las religiones perseguidas.

Los derechos humanos

Todos los ideales anteriores convergen en la formulación y en el respeto de los derechos humanos.

Pero ¿qué son en realidad? Los derechos humanos son todos aquellos derechos que posee el ser humano por el

simple hecho de pertenecer a la especie humana. Son consecuencia de la indudable e inherente dignidad que posee

toda persona y de la que no puede ser desposeída ni privada. Mientras que el derecho objetivo se refiere al conjunto

de normas que regulan las relaciones sociales, los derechos subjetivos en cambio expresan la autorización que

poseemos como personas a exigir y a realizar ciertas cosas. Evidentemente, los derechos humanos forman parte de

este grupo de derechos, ya que todos ellos expresan la autorización a exigir algo (por ejemplo, el respeto hacia

nuestra libertad) o a realizar ciertas acciones (por ejemplo, manifestar nuestra opinión sin temor a represalias).

Los derechos humanos se caracterizan por los siguientes puntos:

• Son inherentes a la naturaleza humana, ya que son una expresión de la dignidad natural de toda persona. No

pueden ser otorgados ni cancelados por ninguna institución ni Estado, pues se poseen simplemente por ser

persona. Así que existen incluso cuando no son reconocidos.

• Son universales, puesto que son válidos para toda persona en cualquier tiempo y lugar, independientemente de su

posición social, religión, raza o sexo.

• Son ideales que deben orientar e inspirar el código ideal de todo Estado que se considere de derecho. Cuando esto

ocurre, cuando la legislación concreta de un Estado la recoge, pasan a formar parte del Derecho positivo de éste y

a garantizarse más su respeto y protección.

Estas características hacen que sean reales y válidos, incluso cuando se violan e incumplen abiertamente.

Actualmente, en numerosos estados se olvida los derechos más fundamentales, no ya los que garantizan un sueldo

digno o una sanidad adecuada, sino derechos tan fundamentales como el derecho a la vida, la libertad, a la justicia y

a la paz. Esta paradoja no debe confundirnos. Aunque es evidente que algunas personas e instituciones los incumplen

y violan abiertamente, nada puede otorgar ni desposeer de la dignidad humana que toda persona tiene por el hecho

de serlo.

Sin embargo, esto no debe ser consuelo suficiente. En aquellos lugares y situaciones en que no son debidamente

cumplidos, los derechos humanos tienen la importante función de servir como ideales y exigencias éticas que señalan

Utopía 10

el comportamiento que debe seguirse y la meta que se ha de alcanzar.

Referencias

[1] More, Thomas; George M. Logan (1989). Utopia. Cambridge University Press

[2] More, Thomas; Utopía; Joaquim Malafrè Gavaldà (2003); La Maison de L'écriture.

[3] « Karl H. Marx (http:/ / www. geocities. com/ Colosseum/ Loge/ 3802/ CarlosMarx. html)».

[4] « Comentario a la Encíclica sobre la Esperanza de Benedicto XVI (http:/ / www. conelpapa. com/ benedictoxvi/ esperanza. htm)».

[5] "¿De verdad cree que hemos progresado?", Lluís Amiguet, La Vanguardia, 07/05/2007, en Filosofía y pensamiento, Ramón Alcobero (http:/ /

www. alcoberro. info/ planes/ liberalismo10. htm)

Véase también

• Distopía

• Ficción utópica y distópica

Enlaces externos

• Wikiquote alberga frases célebres de o sobre Utopía. Wikiquote

• Wikcionario tiene definiciones para utopía.Wikcionario

• Utopía (ebook) (http:/ / www. cpel. uba. ar/ ebooks/ eam/ ebook_view. php?ebooks_books_id=19)

• Retamal, Christian. (1998). “Utopía y nihilismo.” (http:/ / demo. vrweb. cl/ cgi-bin/ dms/ procesa. pl?plantilla=/

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• Retamal, C. (2004). “La fluidez ontológica como propuesta utópica de la globalización. Brechas, posibilidades y

conflictos.” (http:/ / www. sepiensa. cl/ listas_articulos/ articulos_sepiensa/ 2004/ 01_enero/ 20040103_fram.

html)

• Utopia and Utopianism (http:/ / www. utopiaandutopianism. com) es una revista académica especializada en los

temas de la utopía y del utopismo.

• Ciudad y utopía (http:/ / www. saber. ula. ve/ handle/ 123456789/ 23126), por Eligia Calderón

• La Mujer y las Utopías del Renacimiento (http:/ / www. symbolos. com/ s27fgon1. htm)

• Las Utopías renacentistas, esoterismo y símbolo (http:/ / simbolismoyalquimia. com/ las-utopias-renacentistas.

htm)

Fuentes y contribuyentes del artículo 11

Fuentes y contribuyentes del artículo

Utopía Fuente: http://es.wikipedia.org/w/index.php?oldid=46031509 Contribuyentes: .José, .Sergio, 3coma14, AlbertoDV, Alhen, Aliciacs, Archimboldi, Ascánder, Bedwyr, Boja, Boninho,

C'est moi, CGE, Camilo, Carmin, Cdani, Daniel 1423, Dferg, Diegusjaimes, Diogeneselcinico42, Durero, Ecemaml, Echani, Eduardosalg, Eea, Elhombresinatributos, Emijrp, Escarlati,

Farodelautopia, Fernando Estel, Fliz82, Fonsi80, Gafotas, Gallowolf, Gerwoman, Gizmo II, Guanxito, Gurgut, HAMM, Humberto, Invadinado, Isha, Islaman69, Jarisleif, Javi pk, Javier Carro,

Jjafjjaf, JorgeGG, Joseaperez, Joxelu, JuanPaBJ16, Juancho10000, Julian Colina, Jurock, Korrector, Kved, Lampsako, Laura Fiorucci, Lema, Leugim1972, Lnegro, Lycaon83, LyingB,

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Opinador, Petronas, Pjimenez, PoLuX124, Porao, Prietoquilmes, Randroide, Retval, Richy, Roncaroto, RoyFocker, Sir Paul, Sony9, Tano4595, Tatvs, Template namespace initialisation script,

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Fuentes de imagen, Licencias y contribuyentes

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Contribuyentes: Drawn and engraved by F. Bate. Published by "The Association of all Classes of all Nations", at their institution, 69, Great Queen Street. Lincoln's Inn Fields, London, 1838.

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